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Me voy de la Magdalena.

Yo... es que estoy buscando casa. Busco algo que no sea muy caro, en un barrio tranquilo en el que tenga acceso a los servicios, con buenos accesos por carretera, donde pueda aparcar y en el que los colegios sean buenos. La facilidad para hacer la compra y la existencia de zonas de ocio también influirán en mi decisión.
¡Hala, un chiflado! ¿Pero cómo puedes pedir eso?
En el barrio de La Magdalena de Ferrol, donde vivo, hay una crisis poblacional que ha influido directamente en el comercio y en la hostelería. La actividad económica, como no podía ser de otra manera, ha corrido una suerte pareja a la cantidad de gente que habita la tableta de chocolate. Todos los gobiernos municipales han intentado encontrar una solución, con mayor o menor fortuna, pero el problema sigue enquistado.
La corriente que ahora trata de imponerse defiende que hay que prohibir el acceso al barrio de vehículos particulares, no apoyar a los colegios existentes porque son concertados y poner trabas administrativas al establecimiento de cualquier tipo de actividad. ¿Es eso proteger un barrio? ¿O es una gilipollez irreflexiva?
Claro que hay que restaurar, claro que hay que proteger el patrimonio histórico, claro que hay que racionalizar el tráfico... ¿Alguien lo ha negado? Pues bien: Una de las preocupaciones de todos aquellos que pretenden establecerse en la cuadrícula que idearan nuestros ilustrados antecesores es la carencia de estándares de calidad actuales en el parque inmobiliario del barrio. Tal cual.
Si no viviésemos encerrados en el sectarismo, ya hace tiempo que habríamos llegado a la conclusión de que hay que proteger algunas (tal vez muchas) de las viviendas del barrio, pero que eso conlleva privilegios para sus propietarios, ya que significa sufrir muchas restricciones y más obligaciones.
Si no fuésemos incapaces de leer la letra pequeña habríamos llegado a la conclusión de que la unión interior de parcelas no está en contra del mantenimiento de las fachadas que dan su fisionomía al conjunto.
Si no siguiésemos consignas dictadas desde otros sitios buscaríamos soluciones a los problemas de la ciudad, y no intentaríamos aplicar soluciones comunes a problemas distintos (por ejemplo: No buscaríamos soluciones a los problemas de Pontevedra).
Si no fuésemos sectarios hasta lo más profundo de nuestra médula apoyaríamos en todo lo posible a los centros de enseñanza de la ciudad, independientemente de que fuesen públicos, privados o concertados.
Si no fuésemos unos hipócritas reconoceríamos que no vivimos en esos barrios que tan bien quedan en las fotos, que nuestros hijos van a actividades y los llevamos en coche particular, que nuestra madre no puede andar mucho, que utilizamos el coche para hacer la compra, ir al cine, de excursión, llevar a un familiar enfermo al médico y para muchísimas cosas más, es más: Reconoceríamos simplemente que tenemos coche.
Y por eso me cabrea tanto lo del aparcamiento de la plaza de Armas: Cuando tenemos la oportunidad de renovar una infraestructura, de ampliarla, de hacer algo práctico, de repensar el tráfico para adaptarlo a una sociedad cambiante o de mejorar la vida ciudadana, que es de lo que en definitiva se trata, decidimos construir una plaza que en nada mejora a las que construían los romanos hace dos mil años.
Y los que la promueven se llaman progresistas, manda carallo.

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