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Los que vamos a Doniños estamos más buenos.

Y digo Doniños como algo genérico, porque también valen San Jorge, Covas, Santa Comba o Ponzos (de hecho, dicen que en Ponzos están buenos por más sitios que los otros). Existen varias teorías todológicas con respecto a la mensurable estética de los que nos zambullimos en las aguas atlánticas: Las horas de insolación, el nordeste dominante, lo gélido de sus aguas, el aporte de yodo de las partículas de algas que van batiendo las olas, los paseos de lucimiento, el surf, los deportes de playa tipo palas o futbol arena...
Desconozco cuál de las teorías es la más acertada, pero es un hecho constatable que tu paseas por Ferrol desde que empiezan los calores de junio hasta que empiezan los frescos de septiembre y hay un enjambre de indígenas que parecen californianos que están visitando la ciudad.
Hay quien dice que la temperatura del agua provoca una reactivación de la circulación que, a su vez, aumenta el gasto de calorías por la creación de grasas marrones; hay quien dice que el sonido de las olas provoca un aumento de la segregación de endorfinas, y que estos opiáceos naturales (especialmente la serotonina y la dopamina) calman el hambre y el estrés, por lo que aumenta el tono general del organismo; hay quien dice que realmente la parada en El Cruce y la ingesta de jamón y vino (con sus taninos y sus ácidos grasos monoinsaturados) también contribuyen al embellecimiento general de la población; los más osados sostienen que un paseo entre Outeiro y Penencia es el número exacto de pasos necesarios para mantener una buena salud cardiovascular, y que si se dan con los pies metidos en el agua se reactiva la circulación basal y que el chapuzón final y las micropartículas de agua salada que entran por las vías aéreas generan una limpieza general del sistema respiratorio.
Bien, pues ahora que ha quedado más que claro que los que vamos a Doniños estamos más buenos que los que no van, os voy a contar que mi amigo Manolo me confesó esta mañana que había visitado La Bailadora por primera vez. Yo siempre perdono a los que se arrepienten de sus errores, cómo no hacerlo si hasta yo tengo fallos muy de vez en cuando. Me comentaba que no entendía cómo es que aquí no se ha hecho como en el Monte San Pedro (ya sabéis que los coruños ahorran mucho en partículas y le han quitado la preposición) y yo le explicaba que hay demasiados factores relativos a la titularidad de los terrenos, a la capacidad de inversión de los pequeños municipios, a la cercanía de los núcleos de población... y en estas que me encuentro dos noticias en la prensa que llaman poderosamente mi atención (desde que trabajé con un argentino mi atención siempre es llamada poderosamente): La tercera fase de la restauración del Castillo de Narahío y la aparente profusión de las empresas dedicadas a sacar rendimiento a las algas.
Ya, a vosotros también os ha pasado, lo sé; sí, qué remedio... me acordé que cuando una empresa madrileña compró el Castillo de La Palma prometió hacer un hotel de superlujo con un balneario de aguas marinas en el que iban a aprovechar los productos del mar para tratamientos de belleza.
Y entonces se me calló un velo de los ojos y comprendí que el resto de la humanidad no se merece que a nuestra belleza adquirida en Doniños se le una un balneario en el que se nos ayude a sacar más partido a nuestros encantos naturales.
"Pobres los demás", pensé, mientras ingería una ración de ácido fólico combinada con betacarotenoides que alargaban mi esperanza de vida, "no en todas partes te ponen una tapa de lacón con grelos si te pides una Estrella Galicia".
Y por eso nadie nos cuida, no me cabe la menor duda.

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