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El amargo eco de una traición esperada.

A veces tengo la impresión de ser una mosca chocando contra un cristal. Me suponía más reflexivo de lo que realmente soy, y lo cierto es que con mis conocidos suelo tener una primera impresión que, cuando es negativa, difícilmente cambio. Otra cosa muy distinta es lo que me pasa cuando alguien me gusta de primeras: A veces se confirman mis sospechas, a veces la afinidad se queda en eso y otras veces, que no son ni muchas ni pocas, un amable compartir la existencia empieza a verse empañado por nubarrones que oscurecen un horizonte que en principio parecía despejado.

Estos casos a mí me dejan para el arrastre. Cuando alguien no me gusta de primeras sus acciones suelen traerme bastante al fresco, cuando me es indiferente se incorporan a mi impresión general, pero cuando alguien en el que habías depositado esperanzas, sueños y confianza te traiciona, entonces el daño en mi es superlativo, afectándome incluso físicamente.

Y luego está el martirio buscado, el de el apóstol que se dirige a tierra de gentiles sabiendo que lo más probable es que sus días acaben antes de empezar su salvífica misión. A mí me ha pasado ya más de una vez y por eso sé que dentro de mí, inscrito a fuego en mi alma, siempre existirá esa hiel, esa amargura, ese repiqueteo constante que levantará un velo de cinismo entre mí y todo lo que me rodea, y recuerdo cuando mi madre me decía "ese niño no me gusta para ti", y cuantas veces tuvo razón en sus vaticinios.

Realmente qué extraños somos los seres humanos, agarrados impotentes a nuestras tablas de náufragos esperando que está vez la corriente sí nos lleve hasta la playa, aun a sabiendas de que lo más probable es que nos quedemos para siempre perdidos en la inmensidad del océano, como manchas diminutas en la infinitud de un firmamento sin luna.

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