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Tiñalpa.

En este momento tan dramático de nuestra historia todos necesitamos un tiñalpa en nuestra vida. Y cuando digo un tiñalpa me vale también un gualtrapa, o incluso un cabezón. Cualquiera de los tres logrará que dejemos de pensar en tantas tonterías y hartarnos de reír con sus ocurrencias, infortunios, desgracias o fallidos intentos de éxito en los diferentes ámbitos de su vida.

Yo tengo varios amigos que me hacen terriblemente feliz, cada uno en su estilo. Está A.B. con su sonrisa permanente y sus permanentes ganas de sonreír y ser completamente kirsch, o glamurosa o desenfadada (porque ella siempre tiene ganas de ser completamente algo, y os aseguro que eso no es fácil). También está E.C.R. , que te puede hacer llorar de risa contándote la más absurda y dolorosa de las desgracias.

Hace un tiempo un grupo de familiares empezamos a mandarnos nombres extraños, ridículos o altisonantes que encontrábamos en la vida real, cosa del estilo de Dolores Fuertes de Barriga y cosas de esas pero auténticos. No lo hacemos por mofa, al menos en mi caso, pero cuando me encuentro un Tiñalpa o un Cabezón al que acompaña algún otro apellido que engrandece el nombre enseguida me acuerdo de mis compañeros de este tontísimo juego y sonrío, abro el correo electrónico y se lo envío a todos con un comentario que intenta ser gracioso; normalmente sin éxito.

Conozco a gente que colecciona esquelas (gloriosa la última de ese que le dedica su epitafio al Ministro de Hacienda) e incluso los que apuntan anécdotas, y he de decir que dos conocidos cada vez que leen un libro hacen una crítica-resumen y la adjuntan a las guardas del mismo.

También hay una inmensa mayoría que desconecta viendo series, cocinando, saliendo, leyendo, haciendo deporte, observando aves, practicando excursionismo... en fin, cualquier actividad vale siempre que permita que salgan de nuestra cabeza todas aquellas cuitas que nos atribulan, o al menos retrasan la entrada de más de las que ya pueblan nuestros meollos.

Yo sé que a veces no me contengo y cuando encuentro a alguien con un nombre realmente eufónico lo celebro interiormente y hasta a veces exteriormente, por lo que supongo que mis compañeros de trabajo deben pensar que estoy como una puñetera cabra.

En fin, que una vez os he revelado otro de mis pequeños secretos os dejo disfrutar de un merecido descanso en este fin de semana en el que os recomiendo que si os encontráis a alguien cuyos padres no evaluaron bien las consecuencias de sus acciones seáis prudentes, no vaya a ser que vuestro interlocutor tenga tan malas pulgas como a un anónimo emocionado al que pregunté en un foro informático si era Eva y me contestó con un escueto "Soy Rafael" en el que sentí todo el odio acumulado de todas las generaciones de pintores incomprendidos. Y todavía me parto de risa cada vez que me acuerdo.

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