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Vallas de obra

Veo algunas vallas de obra, árboles sin hojas y un cielo azul en el que el sol no calienta, como si esperara al final de un invierno que hace tiempo que es mucho más que una mera estación. En los mentideros que frecuento se habla de muchas cosas, pero empieza a cobrar fuerza el rumor de un nuevo relleno en la Ría que pretende ponernos en la modernidad otra vez, y de un dique cubierto de setenta metros de altura, como un edificio de veintidós pisos que va a hacer que dejemos de existir para los de enfrente. Hablamos los que no entendemos de esto acerca de la inconveniencia de volver a rellenar y dragar, de que vayamos a degradar un poco más un espacio cada día menos natural, de la falta de compensaciones ambientales por las políticas industriales o de la posibilidad de utilizar las instalaciones de Astano en Fene para ese dique cubierto que hará que apenas se necesiten obreros para construir barcos. Hablamos de que los ciudadanos estemos antes que los retornos económicos y de las cuentas de las grandes empresas.


"Ese sol no calienta y no va a calentarnos", pienso con amargura: Ahora que parece que las aguas vuelven a estar limpias vamos a poner otro tapón y a volver a alejar Ferrol de su pequeño y calmado mar; son 47.000 metros cuadrados en la campa Este ¿Y eso qué es? Pues lo buscamos y es delante de Caranza, por donde pasa el Camino Inglés, donde están el Auditorio, el Conservatorio y el Paseo Marítimo, donde yo mismo defendía hace unos meses que se deberían regenerar las calas que han estado enterradas por nuestros detritos durante generaciones, calas que conservan todavía esos troncos que daban nombre a su desaparecido río, que también sucumbió ante un relleno.
Y me parece plantar un árbol sin hojas, que nace muerto y que al nacer emponzoña y mata y nos priva otra vez de algo que era de todos y que cada vez frecuentaban más  los propios y los extraños. El sol ya no va a calentar a los peregrinos en la Ensenada de Caranza, y seguramente ya no disfrutemos de la sombra de los árboles, porque una gran valla de obra va a tapar la luz que empezaba a brillar, porque tenemos que caminar hacia el futuro.
Y yo no quiero ese futuro en el que se vuelva a rellenar la Ría una y otra vez, en el que el sol no caliente más que los tejados de las naves y en el que el verde de las hojas de los árboles sea sustituido por pinturas brillantes en las paredes de chapa y hormigón que proclaman un futuro que nunca llega.
Ojalá volvamos a hacer barcos, ojalá podamos progresar, ojalá dejemos de ser los más viejos, los más pobres y los más pocos... pero ojalá que no se vierta otro manto de piedra y tierra, de cemento y falta de respeto, de estrechez de miras y falso progreso. Si de verdad saben más que nosotros que nos digan de una vez porque nunca, nunca, nunca vamos hacia delante; que nos convenzan de que el progreso significa cerrar el paso a la vida; que nos cuenten que el canto de las aves no es más bello que las sirenas de una fábrica... y que no nos vendan otra vez una historia que no sabemos si acabará en Ferrol, en Puerto Real o en Cartagena.
Veo unas vallas de obra que no me gustan, unos árboles que ya no volverán a tener hojas, y un cielo gris de nubes cuyo azul volveremos a intentar tapar para que un día nuestros nietos sean conscientes de lo irresponsables que fuimos, de lo mal que gestionábamos los talentos, del pésimo e inhumano legado que les dejamos.
No quiero un astillero 4.0, no quiero otro relleno, no quiero otra hipoteca a largo plazo que al final nadie pagará porque los responsables reposaran en un panteón de mármol tan como el futuro que nos pintan. Ya sé que me hizo la boca un fraile, pero quiero mi ensenada mejor de lo que está ahora, y nunca dejaré de decirlo, por muchas vallas de obra que nos prometan los que llevan mintiendo tanto tiempo.

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