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Una tarde cualquiera. Paseando en la boca de la Ría de Ferrol.

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El Castillo de San Felipe es "la joya" de la candidatura de Ferrol a Patrimonio Mundial.
Una día cualquiera recibes una llamada proponiendo comer en el Castillo de San Felipe y luego hacer el paseo que une "nuestra joya" con, la Batería de San Cristóbal pasando por la Estación Torpedista y por el Castillo de San Carlos. No se trata (sólo) de contaros mi vida, y es que depende del punto de vista de cada cual, una tarde cualquiera puede ser muy definitoria de lo que hubo,  de lo que hay y de lo que podría haber.
A San Felipe es difícil llegar: La carretera indicada por La Graña te conduce a una señal de "prohibido excepto residentes", por lo que hay que optar entre Brión y Cariño; yo prefiero los altos, porque me encanta adentrarme en ese reducto de tiempos pretéritos a poco más de cinco minutos del centro: Bosquetes, prados, caballos, vacas, ovejas, gallinas... esparcidos alrededor de una de nuestras joyas más olvidadas: la iglesia de Santa María de Brión, que según los que saben es la más antigua que queda en el municipio junto a la capilla del cementerio de Serantes. Me gusta imaginar a las tropas del Conde de Donadío y a los campesinos marchar por a chá, esa llanura en la que todos nos unimos para expulsar "al inglés", tal vez por última vez. Lo cierto es que en esos dos días de cruenta batalla, Santa María estaba allí desde hacía cerca de seis siglos, habiendo contemplado el paso de las aldeas de Ferrol, Canido y Esteiro a una sola ciudad que despertó los más lascivos apetitos de los lores del almirantazgo.
Cuando ya empiezas a descender por ese Camino de las Abelleiras hacia San Cristóbal, te encuentras de frente la ciudad de La Coruña, que sigue creciendo ajena a la desazón que nos produce a algunos contemplar el mordisco que el puerto exterior le dio a Caneliñas. Y entonces giras y te encuentras esa fachada sur de la Ría, con los restos de San Martín y el racional Castillo de La Palma, que sigue esperando a Godot mientras poco a poco se va hundiendo en una decadencia que guarda una relación inversa con su intrínseco valor.
Ya en San Felipe sorteas baches, piedras sueltas, falta de cuidados, poca atención y menos imaginación. Dos autobuses cargados literalmente de madrileños visitan las ruinas de la fortaleza, con cuidado de no matarse en una de sus muchas trampas y vacíos. Yo sigo pensando que lo primero es una local de hostelería, y adecuar de verdad unos aseos, que lo segundo es una tienda-centro de interpretación del castillo, y que sucesivamente tienen que ir abriéndose todas sus estancias para todo aquel que quiera pagar un canon por conservar y utilizar un espacio que en su día fue capaz de modificar una parte de la historia; tal vez entonces, y sólo entonces, alguien decidirá que una joya de tal categoría merece un mejor acceso y veremos multiplicadas las visitas.
Una vez en su patio vuelvo a pensar que el Pabellón de Oficiales sería un magnífico alojamiento si de verdad tuviéramos interés en que el Castillo deje de ser una excusa para no pensar en qué gastar el dinero.
Pero luego está ese camino que apenas un centenar de metros más arriba va guiándote hacia San Cristóbal, que dicen que fue un sueño de Vicente Irisarri y que a mí siempre me hace pensar que Dios es el mejor de los arquitectos, pero que cuando le ayudamos a veces hacemos cosas bellas: Creo que tal vez el mejor acierto en la Plaza de Armas de las últimas décadas fue adecuar esa senda, y que su falta de cuidados y la ausencia de una gestión paisajística y ambiental del mismo puede ser tal vez uno de los peores errores.
Y entre piedras, una fuerte brisa marina y tornasolados reflejos de un sol envuelto en neblina regresamos a Ferrol y tomamos unas raciones en un local del Muelle, y vuelvo a reflexionar acerca de la injusticia que supone que las administraciones se sientan con derecho a exigir mientras la Aduana y la antigua Comandancia de Marina languidecen en espera de que llegue el momento político en que interese que dejen de ser nuestra vergüenza cuando decenas de miles de visitantes entre turistas, peregrinos y cruceristas llegan a la ciudad y se encuentran las zarzas, la maleza y el deterioro en lo que podría ser un hotel, un museo, un albergue o cualquier cosa menos el espejo de la incompetencia de aquellos que, haciendo gala de su deshonestidad, siguen sin saber gestionar lo que los ciudadanos hemos puesto en sus manos.

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