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Un calor sofocante.

No es cosa mía, pero al principio creo que estoy enfermo o que me ha sentado mal la cena. Conforme se va animando la casa me doy cuenta de que no es cosa mía: Los comentarios son unánimes ¡Que calor! ¿Nos vamos a la playa? Y decido preparar unos bocatas en vez de encargarlos como hacemos últimamente: Pan del país, bacon, lomo adobado, queso de barra, lechuga... pues me voy a "la Plaza", que es como se llamaba antes al mercado en Ferrol.
Cuando llego no puedo menos que observar que está bastante concurrida, especialmente por un bullicioso grupo de peregrinos que ponen la nota discordante en el ambiente general: Frisando los sesenta, pelo largo con ese desaliñado aparente que tanto les gusta lucir a los que pregonan su libertad, bermudas, camisetas de licra, botas de caminar... uno de ellos luce una vieira con una cruz de Santiago en un gemelo, y lleva tres bastones de marcha nórdica plegables, uno de ellos con algo escrito en gallego relativo a la Ruta Jacobea.
Coincido en uno de los puestos con uno de ellos, al que acompaña la que por su edad debe ser su hija. Es una mujer atractiva, aunque algo entrada en carnes. Le dice algo a su padre en italiano y éste saca un fajo de billetes de euro y pide jamón serrano. Está claro que no están haciendo su primer camino.
Una vez finalizada la compra me dirijo a una cafetería a intentar despertarme con un café bien cargado. Mientras ojeo una noticia en el periódico entra una chica con su padre y una niña, casi un bebé. Todo son bienvenidas, abrazos, besos... un hombre le pregunta a la niña si se ha traído un canguro, su mujer a la madre si ya se quedan definitivamente, el abuelo y padre sonríe satisfecho ante el regreso de Australia de su hija y su nieta.
Al poco salgo, después de intercambiar unas palabras con el propietario acerca de los peregrinos, los cruceros, los que se fueron a Australia. Si hace diez años me hubieran contado que a Ferrol iban a llegar decenas de miles de pasajeros en cruceros vacacionales y que iba a tener que hacer cola detrás de un peregrino italiano seguramente habría contestado que ojalá.
Y de camino a casa me encuentro a un amigo que tiene que volver a su tierra natal después de siete años en la ciudad. se le nota triste y cuando le menciono que a él siempre le gustó Ferrol no es capaz de aguantar la emoción; se tiene que ir por motivos de salud, pero nunca olvidará la ciudad que criticamos los de dentro: "Es cosa vuestra, a mi Ferrol me encanta, vosotros sois los que siempre criticáis la ciudad".
Y mientras me baño por quinta vez en una playa de Doniños que ha decidido ser caribeña, me pregunto cuándo nos convenceremos de que vivimos en un pequeño paraíso al que vienen miles de personas ansiosas de conocer sus encantos, hacer escala o emprender un nuevo camino hacia Santiago. Y aunque no sé si será más pronto que tarde sí tengo claro que a mí en Ferrol puede ser que me sobren algunas cosas, pero la verdad es que no me falta ninguna, y que tal vez ha llegado el momento de dejar de buscar El Dorado y disfrutar de lo que Dios y nuestros antepasados nos han legado. Y tal vez podremos darnos cuenta de que no son legados desdeñables y podremos comportarnos como la gente de otros sitios, esos que en vez de poner a parir todo el día lo suyo te lo ensalzan aunque apenas tengan motivos. y me pego el enésimo chapuzón: creo que este calor sofocante me ha puesto soñador otra vez.

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