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Rapsodia de un nacho que mira las gotas golpeando los cristales.

Hay días en los que el cansancio y la atonía del invierno nos mueven más a tirarnos en un sofá con un buen libro que a plantarnos delante de la pantalla de un ordenador a emitir opiniones más o menos acertadas acerca de la situación actual. Sí... cuando arrecian los vientos del oeste con sus nombres en riguroso orden alfabético y no tenemos el cuerpo para muchos más excesos, lo que de verdad apetece es un infusión calentita, o una sopa, o incluso una copa de vino tinto. El problema es que al rato te encuentras con la habitual salmodia acerca de tal o cual partido, de tal o cual resultado, de tal o cual sesión de uno de los muchísimos juicios a los que nos ha conducido el nefasto binomio política y prensa, que son los dos yangs de un extraño círculo, o los dos yings, que nunca he sabido cuál es el bueno y cuál es el malo.
No, no me apetece hablar de si los políticos nos representan, porque creo que lo que han de hacer es defender ideas, a ser posible las suyas. Por supuesto no me apetece recordar que tenemos un presidente del gobierno que nunca nos felicita nada a los católicos, una izquierda que va a manifestarse el próximo 8 de marzo contra la oposición o que hay miserables capaz de cualquier cosa como culpar a los rescatadores de haber matado a ese niño del pozo que ya se va desdibujando en nuestros recuerdos o de justificar el asesinato de un hombre basándose en la palabra de una asesina convicta. Tampoco me apetece volver a comentar nada de esos pijos disfrazados de obreros que se están diluyendo en sus mentiras. Ni de los que dicen que son de derechas, ni de los que siempre lo han sido ni de los que nunca lo serán. Demasiado se habla de gente de tan poca valía.
Tampoco es que mi eterno patio de recreo esté como para tirar cohetes; sí, tengo que reconocer que hay menos desempleo, que se arreglan edificios y que conforme vaya entrando la primavera mis ánimos irán subiendo de tono a la par que mi piel... pero tampoco; hay días en que uno no encuentra nada digno de mención  pero siente la necesidad de abrir un poco su corazón a través de unas letras que se van uniendo en sintagmas que a su vez forman frases y a su vez oraciones... que no siempre quieren decir nada especial.
La política parece enfervorecida como abejas en primavera, la prensa adormecida como un oso en una cueva. Queremos noticias: Nuevos barcos, más trabajo, nuevos locales, andamios que se retiran, otros que se colocan, palas que destrozan, grúas que erigen. Sí, queremos un amor sin freno y una puesta de sol tranquila, y mucho más.
Porque no somos conscientes de que, desnaturalizados como estamos, nuestros bio-ritmos empiezan a acelerarse, y que estamos a punto de eclosionar como narcisos. El mundo se despereza antes de tiempo y nosotros apenas hemos dejado atrás el carnaval, mientras margaritas y vinagretas nos hacen olvidar que marzo es apenas un recién nacido dando unos titubeantes primeros pasos.
Pronto llegará la primavera, y hoy ha empezado la Cuaresma, esa que nadie nos felicita a los cristianos. Un grupo de ferrolanos ha decidido dar un puntapié en las posaderas de todos los responsables de que la Capilla de Dolores se esté cayendo, los candidatos a alcalde prometen como enamorados antes de un beso, los que quieren vivir de la política se enfrentan como venados en el otoño... y muchos sólo queremos que llegue pronto el verano y dejar vagar nuestros ojos por los horizontes infinitos de Doniños o reposarlos en el esmeralda de San Jorge. Mientras tanto, fuera, se oyen goterones golpeando en el patio, o tal vez granizo... el general invierno todavía no se ha ido, aunque pronto llegue otro con franjas en las perneras porque Ferrol necesita marinos.
¿Y si traspasáramos la Puerta Nueva?
Y vuelvo a ser consciente, plenamente consciente, de que los ferrolanos somos viscerales y que, aunque nos está costando mucho desembarazarnos de este ya largo letargo, tal vez pronto podemos dar la campanada si empezamos a creer un poco más en lo que creemos y un poco menos en lo que nos dicen, por absurda que pueda parecer mi llamada a ignorar a tantos que nos cuentan lo mal que está todo, lo fea que es la ciudad, lo inminente de la tantas veces anunciada muerte de las onzas que conforman nuestra tableta de chocolate.
No sé porque siempre llueve cuando es Miércoles de Ceniza, o si es Miércoles de Ceniza porque llueve.

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