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Excelencia y pulcritud.

Reconozco que soy el primero al que le cuesta hacer las cosas todo lo bien que debiera, pero a veces la política da la impresión de ser un restaurante en donde el dueño te recrimina si no te gusta la comida.
El principal problema que yo he detectado siempre es que en España hay demasiados políticos que no sienten escrúpulos al gestionar el dinero público: es la habitual falta de honestidad que caracteriza al ser humano. Por poner un ejemplo muy conocido: No hay más que ver lo que pasó co las cajas de ahorros cuando políticos que no tenían ni pajolera idea de gestionar nada metieron sus manazas en ella. 67.000 millones de euros después, la extrema izquierda sigue pidiendo que los bancos paguen el rescate, como si no hubieran sido personas ajenas al sector las que mandaron todo a hacer puñetas.
Sigue pasando día a día, y en Ferrol tenemos un caso muy claro con la actual Navantia: En un contexto de aumento de ventas militares, tras contratos en el extranjero con Noruega, Australia, Venezuela y Turquía (además de otros menos conocidos pero que existen, como el proyecto Scorpene con Francia o la venta de subsistemas y las transferencias tecnológicas a otras empresas...) resulta que tenemos un agujero del tamaño del que hay en la capa de ozono, además de activos inmovilizados en toda España que ocupan un valioso terreno público.
"El dinero público no es de nadie", proclama la izquierda; "cobrar comisiones no es robar", proclama la derecha; "los sueldos públicos crean empleo", sostienen todos... pero nadie mide los criterios de efectividad de nadie, y mucho menos los suyos propios.
Y por eso las empresas privadas son las que la mayoría de las veces se llevan el gato al agua en lo que a generación de riqueza se supone: Les va la vida en competir, mejorar sus ofertas, innovar, desarrollarse, buscar un equilibrio financiero, cuadrar sus cuentas... porque si no lo hacen se hunden y pueden dar con sus patitas en la calle y con sus huesos en la cárcel.
Y en esa búsqueda de la excelencia nos encontramos a empresas de todas partes, y hay algunas que me sorprenden por la cercanía a nuestros pagos: Horticina y sus arándanos de Cerdido, la empresa esa que planta y procesa té en esa "Mesopotamia" de las Rías Altas que es Paderne, los queseros de Queserías do Eume… todas esas empresas son privadas y sus propietarios arriesgan sus capitales, dedican su esfuerzo y su tiempo, y generan unos beneficios a la sociedad fuera de toda duda.
Y hoy, mientras leía un artículo en el que citaba a varios de los mejores whiskys del mundo, me preguntaba otra vez por qué en Japón son capaces de hacerlo tan bien y en España no.
Y supongo que todo es cuestión de tiempo, de buenos líderes, de gente que sepa involucrar a sus empleados haciéndoles perceptores de parte de los beneficios, de patrones que cuidan al obrero... y no de liberalismo contra socialismo: Se puede ser igual de ladrón malversando que recibiendo comisiones, y por eso siempre ha habido corruptos; desde las monarquías primitivas hasta la república romana, desde la liberal Estados Unidos hasta la social-demócrata Suecia... y los seguirá habiendo siempre. Y por eso es tan importante establecer mecanismos de control y hacer públicas todas las cuentas, porque si no lo hacemos, nunca seremos excelentes en nada, sino una pandilla de mediocres chapuceros que no podremos competir en un mercado en el que la pulcritud se presupone. Tan sencillo como eso.

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