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La casa de la derecha. O una lección de economía de escala.

En la casa de la derecha trabaja sólo el marido; la mujer ha decidido quedarse a cuidar de los tres niños que han tenido y no le ha importado dejar su trabajo para ocuparse de su educación; en la casa de la izquierda trabajan los dos, y han tenido un hijo al que normalmente cuidan los abuelos, aunque a veces no pueden y entra en el colegio una hora antes que el resto de sus compañeros.
En la casa de la derecha no hay mucho dinero, pero apenas tienen deudas aparte de la hipoteca. Los padres salen poco porque no pueden permitírselo muy a menudo; en la casa de la izquierda salen bastante porque con dos sueldos no tienen problemas de dinero.
En la casa de la derecha no tienen acceso a becas, porque la declaración de la renta la hacen de forma conjunta y el sueldo del marido excede del límite establecido; en la casa de la izquierda hacen la declaración por separado y sí tienen derecho a becas y ayudas.
En ambos casos son elecciones personales que nadie debería criticar, pero hay algo que diferencia sustancialmente a los que viven en la casa de la derecha de los de la casa de la izquierda: Los de la casa de la derecha viven con lo que tienen, y con lo que les sobra se permiten ciertos caprichos, mientras que los habitantes de la casa de la izquierda creen que cosas no prioritarias deben ser atendidas cueste lo que cueste.
Los de la derecha también ahorran un poco, aunque no mucho, y la única deuda que tienen se debe a que alquilar les salía más caro que comprar, y asumieron pagarle al banco ciertos intereses para poder vivir mejor día a día... en la casa de la izquierda viven de otra forma: ellos tienen unas necesidades a las que no renuncian; van a muchos espectáculos culturales, hacen al menos un viaje al año, y tienen dos coches de gama media al lado de los cuáles el familiar de los de la casa de la derecha parece desvencijado y sucio.
Pese a que los de la casa de la izquierda tienen mucho más dinero, suelen tirar de los abuelos bastante para poder permitirse el tren de vida que llevan: él es socio del equipo de fútbol local, ella va a un gimnasio que es una maravilla. Son incapaces de ahorrar, pero han decidido hacer obras en la casa, para lo que han pedido otro crédito mientras los de la casa de la derecha afrontan sus pequeñas miserias.
Los de la casa de la derecha han abierto un plan de pensiones, que les desgrava en los impuestos y seguramente les aliviará cuando el marido se retire. Él es muy cumplidor, y cotiza por todas sus ganancias. Los de la casa de la izquierda no declaran por todo lo que ingresan, y creen que con declarar lo mínimo exigido por la ley  -no hacen daño a nadie- cumplen con lo que se les debería exigir.
Seguramente dentro de unos años los de la casa de la derecha vivirán mejor, tendrán una pensión más alta  y habrán liquidado la hipoteca; para los de la casa de la izquierda no está tan claro, porque siempre han tenido muchos gastos, han ahorrado muy poco y cotizado menos... y además los abuelos ya habrán muerto y no tendrán esa ayuda extra que tanto los ayudó.
Y por eso hay algunos que creemos que tras pagar la hipoteca, la luz, el agua, la contribución y los gastos corrientes es cuando podemos permitirnos lujos, mientras otros creen que se pueden seguir subiendo los impuestos y endeudándonos sin cesar porque alguien lo pagará en algún momento. Todas las teorías económicas que han triunfado se basan en economías de escala, y siempre parten de la base de que sólo las inversiones justifican un cierto nivel de endeudamiento. Seguramente no hay tanta gente mala como se cree desde ambos espectros ideológicos, y seguramente a todos nos gusta vivir bien y querríamos mejorar en la medida en que nuestros ingresos nos lo permitan, pero hoy muchos asistimos atónitos a la irresponsabilidad de los gobernantes de ambos signos que están viendo que estamos llegando a una situación insostenible y que, no obstante, han seguido aumentando el gasto año tras año hasta conseguir que debamos más de lo que tenemos, sin duda ignorando que pronto seremos nosotros los abuelos y que seguramente nuestros hijos no estarán especialmente interesados en pagar nuestras deudas, sino más bien en vivir al menos tan bien como vivimos nosotros.
Y eso no tiene nada que ver con desenterrar a Franco, con ser solidarios con los pobres africanos, con pastelear con partidos de dudosos valores democráticos o con tratar de adoctrinar a los jóvenes en nuestras propias ideas. Todo esto solamente va de que vamos al galope hacia el desfiladero creyendo que el caballo lo va a poder saltar mientras el resto nos advierte de que vamos a esnafrarnos de forma inminente.

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