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Una copa de vino de Esmelle.

No importa mucho a dónde miremos, sino cómo miremos. Hay quien es capaz de ver lo que tenemos justo delante como un todo, como una de esas manchas del test de Rorschach que tanto se usaba antes como método de diagnóstico como poco se utiliza ahora.
Una copa de vino.
Os propongo un pequeño juego para que hagamos entre todos: He sacado de la nevera una botella de vino, una copa de una alacena y he aplicado unos pequeños efectos con mi móvil vintage y finalmente le he puesto una etiqueta. ¿Vosotros qué veis? La respuesta más simple es la global: Un anuncio de vino en el que se ven una copa y una botella difuminadas. Sencillo ¿No?
Pues bien, vamos a tratar de ver todo lo que hay en la foto y no se ve a simple vista, o sí: Vino, cristal, una etiqueta de papel, un plástico a modo de gollete y seguramente un corcho que cierra la botella.
Vayamos más lejos: Podemos intuir la mano de un artesano, el trabajo de un enólogo, personas cosechando la uva, trabajadores en una bodega, plantaciones de alcornoques, corcheros, diseñadores, vidrieros, toneleros, una carballeira, herreros, naturaleza, un paisaje ordenado por la mano del hombre, turismo, celebración, hostelería, ocio, distribuidores, intermediarios, vendedores, camareros, un bar, mesón, taberna o vinoteca...
Podemos ver un centro de tecnificación o experimentación agraria, químicos, centros de formación profesional, transportistas, turismo, herramientas de labranza o de poda...
Podemos ver lo que queramos y vuelvo a elegir el ejemplo del vino como podría haber elegido el queso, el pan, la cerveza o la industria del mueble, porque poco importa cuando hablamos de un producto que proviene de materias primas naturales y que completa el ciclo económico hasta el sector terciario.
Qué duda cabe de que una simple copa de vino es fruto de la tierra y del trabajo del hombre, y qué menos duda debería cabernos de que ese hombre es una inmensa cadena que va desde el que ha sembrado la vid hasta el camarero que te sirve la copa en tu local preferido.
Porque de hombres va la cosa, y de sus familias, y de los médicos que los atienden y los maestros que enseñan a sus hijos. También va de los músicos que les cantan y de los actores que les hacen reír o llorar. Va de tener o no tener, de ser o no ser, de participar o de ser espectadores de nuestro futuro.
Ahora cambiemos esa copa de vino por una lata de zamburiñas en salsa de tomate; cambiémoslo por una empanada de rajo con setas; cambiémoslo por una queimada en su olla de barro una noche de invierno fría y lluviosa.
Porque desde que alguien plantó esa cepa sabe Dios dónde, hasta que tú te la acercaste a los labios y brindaste por el cumpleaños de un ser amado, ha habido una infinidad de pasos que han permitido que otros se vistan, tengan cobijo o lean un libro en esa misma noche en que tú descorchas la segunda botella para saborear un poco más la felicidad de amar y ser amado.
Regresa a la foto y tal vez ahora recuerdes esa copa en un lugar lejano y en un tiempo que ya no volverá, y entiende que la insolidaridad es no saber que cuando abres un grifo y sale agua caliente, hay alguien cuyo sustento depende de que tú te duches, y que el hecho de que tú te duches con agua caliente tal vez dependa de que alguien -más cerca o más lejos- trabaje en una industria capaz de calentar esa misma agua con la que tú te duchas... y que no es sólo una persona, sino un pequeño peón de esa gran partida que se llama la humanidad; una persona exactamente igual que tú, con sus hijos, su casa, su vida y sus problemas. Alguien con alegrías y con miedos que se merece que, al menos, pienses hoy en él cuando levantas tu copa o cuando te duchas por la mañana. Alguien que no merece que lo utilices para tus propios fines sin ofrecer una alternativa a la vida -tal vez la única posible- que decidió seguir.

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