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Brotes verdes.

Hay días grises de invierno en los que sientes que ya es hora de que empiece la primavera; la insistencia del clima de persistir en sus viejas manías, como si fuera un viejo comunista, te va llenando de una melancolía que ni las importadas fiestas de los enamorados o las paganas fiestas de don Carnal logran siquiera paliar.

Hay días en los que el contacto con una heladora llovizna no logra despejarte y más bien te hunde en ese estado al que los americanos llaman blue, que además de azul quiere decir nostálgico, melancólico y taciturno; para que nos entendamos es la diferencia entre que te apetezca beber un honesto brandy envejecido o un whisky puro de malta con un hielo y que te apetezca un gin-tonic con bayas de enebro, rodajas de fresa y un poco de perifollo en una copa de balón. ¿Comprendéis lo que quiero decir?

El caso es que estos días no te anima mucho una subida del PIB del 0,3, o que enchironen a cualquiera de nuestros históricos sinvergüenzas, orgullo patrio al menos desde tiempos cervantinos, a los que la UNESCO está estudiando por si conviniera incluir sus modos en la lista de referencia como candidatura única y preferente. No, qué va, ni siquiera puedes indignarte porque el niñato ese de los mofletes se haya marcado un "simpa" en un restaurante de Madrid, porque la manceba más famosa de España cobre 70.000 semanales del ala por estar tumbada en un sofá o porque cualquier político de turno defienda exactamente lo contrario que cuando le tocaba despacho o defienda volver a las fallidas recetas que aplicó en ese momento.

Hay días en los que a los de Ferrol ni Errejón, Belén Esteban, los ERES y Almodovar y los Bardem juntos logran que enarquemos una ceja. Así somos después de un par de semanas en las que el sábado vuelve a llover entre las once de la mañana y la puesta del sol.

En mi familia se arregla en estas fechas con un ritual que no se sabe muy bien como comienza y al que se va uniendo gente que parece intuirlo, como su tuvieran un sexto sentido que les alertara, como a Spiderman, del peligro inminente que están a punto de correr, que no es otro que el de quedarse sin lacón.

Para los que no estáis habituados al trasunto celtíbero de la cuestión contaré que el lacón viene siendo una sinécdoque (tomar la parte por el todo) de muchas cosas que trataré de explicar con el rigor que merece el asunto:

Listo para pasar a formar parte de nuestra esencia.
Es una sinécdoque del cerdo, ya que el brazo salado -y después desalado- no es la única parte de tan noble ungulado que adorna las fuentes en el planteamiento, inunda los platos en el nudo y satisface nuestros primitivos instintos en el desenlace. Esa carne rosa y entreverada suele estar acompañada de chorizos, costilla y tocino  y a veces de orejas o cacholas. Quede pues claro que cuando alguien dice "voy a casa de mi madre a comerme un lacón" está usando una metonimia.

Porque quien dice lacón dice necesariamente patatas y grelos, y suele querer decir también caldo, y las más de las veces su interlocutor sabe que va a tomar filloas o freixós (que son esos creppes dulces o salados según se hagan con caldo o con leche) y orejas, con ese sabor anisado tan particular, o incluso torrijas, que también se degustan en tales fechas.

Brotes verdes surgiendo en el invierno gallego.
Pero también es sinécdoque de Galicia, porque muchas veces el lacón implica esos mencías con tanto cuerpo y tanino, los licores de café o hierbas, la caña tostada o el aguardiente de orujo.Y también de vacas que dan esa leche con la que se hace ese queso cremoso como el beso de un bebé, y de campos de labor, y de chimeneas con olor a pino.

Implica también la vida en el campo y ver pasar el tiempo, y tardes de frío y lluvia en las que mirar a la lareira y dejar que el hipnótico crepitar de las llamas esconda esas pequeñas miserias y secretos que sólo se cuentan en bajo a la "hora meiga".

Y es que el lacón es sinécdoque de meigas y de días oscuros, y de una queimada con su conxuro, y del verde esmeralda que extraña a los que nos visitan, y de musgo y piedras llenas de líquenes, y de ese olor acre a humedad y madera en descomposición, y de robles y de un mar bello y salvaje.

Muchos sabemos que hay una sensación que no se puede experimentar de otra forma, y por eso a los gallegos, en ese momento en que se nos han encendido los colores y se nos ha reducido notablemente la movilidad, no nos importa esperar a los brotes verdes... aunque los gallegos esperaríamos "por" los brotes verdes, que en las primeras heladas de enero, inflorescencias ellas del noble nabo, brotan de la tierra escuchando la llamada de un pueblo que sabe que no hay mal que cien años dure, aunque nosotros diríamos "nunca choveu que non escampara"*.

Y por eso hoy, martes de Carnaval, en toda Galicia se está comiendo grelos,que son nuestros auténticos brotes verdes, y el lacón, y llueve y hace frío. Mañana será otro día y tal vez salga el sol, o tal vez no ¿Quién sabe? Y es que sólo faltaría que los gallegos, de los que se dice que no se sabe si subimos o bajamos, fuéramos a preocuparnos por esas cosas.

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* Nunca llovió que no escampara.

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