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En el Mercado.

Bastante cola, la verdad, pero intento cumplir mi ritual sabatino de ir al Mercado. Primero doy la vuelta a la Pescadería, siempre lo hago, y me vuelvo a sorprender con la cantidad de cosas que antes no había habitualmente. Los puestos buenos siempre tienen gente que se lleva unos prodigiosos lenguados, cocochas y marisco, mucho marisco. Yo voy al menudeo y me conformo con parrochas y peones.


Recuerdo que me hace falta embutido y me dirijo directo a la charcutería, pero me paro porque veo un costillar de vaca de color rojo oscuro intenso; hoy no es el día, pero tengo que llevarme un día un chuletón.
En la charcutería me quedo esperando mirando las cositas buenas que van apareciendo: Quesos del Eume y de Villalba, de Arzúa... ¿Qué es eso? ¡Vaya, cacholas ahumadas! No sabía que... ¿Y ese queso? ¡Eso es nuevo! Me atienden:
- ¿La mantequilla es casera?
- De Queserías del Eume, pero es muy buena, y no la tiene que llevar entera que se la corto.
- Bueno, hoy voy con prisa, pero otra día sí la llevo. ¿Ese queso Cabuxa de Prendes qué es?
- Ay, ese es de cabra, y también sale muy bueno. ¿Se lleva algo más?
- No gracias, otro día vengo.
Después de la charcutería al pan, hoy no me llevo ninguna empanada, y no por falta de ganas.
- Un barra blanca, de las de arriba. ¿Qué es esto, picadero?
- No, alemana, pruébela si quiere, está muy buena.
- Mmm... sí que está ¿Qué le debo?
- Un euro. Gracias, hasta otro día.
Veo los puestos llenos, la gente animada, visitantes pocos y muchos compradores. La plaza -el mercado- sigue sin ser barato y sin tener la variedad de los centros comerciales, pero no muere ni se reinventa: Al final se trata simplemente de un contacto humano, una cierta complicidad de vendedores que están años atendiendo a las mismas personas en el mismo puesto, personas que siempre se llevan lo mismo los mismos días y que ahora compran grelos y patatas a su vendedor de confianza para luego ir recolectando más partes del cocido con el que piensan agasajar a los suyos. Hay poca o ninguna gente joven: Todavía no han aprendido, y el suelo lo ponemos los cuarentones que a veces podemos permitirnos una alegría.
Ahora hablan de que van a reabrir el café, y que van a cocinar allí mismo; yo creo que hay muchas ideas y que hay mucho que viajar, y que todo mejoraría si alguien se atreviese a derribar el mercado semi-permanente (me niego a llamarlo provisional) y dejara una explanada para que se pudiera aparcar. También creo que todo el entorno necesita un proyecto integral, y que no hay que tener miedo a que muchos aparquen gratis, porque dará facilidades para que lleguen compradores y residentes.
Ojalá hubiera una freiduría con patatas y churros, ojalá hubiera un afilador, ojalá viniera más gente a la ciudad a la que gustara tanto como a mí el ritual mañanero de salir de casa con las manos vacías y regresar con un proyecto de reunión familiar.
Tal vez algún día tengamos dirigentes con ideas buenas y con valor para ejecutarlas: Algunos dicen que hay que hacer un nuevo mercado, otra vez... yo que sé: ¿Llegaría con una reforma estética? Y yo, mientras, me quedo embobado ante unos lomos de bacalao que parecen llamarme desde el mostrador.
- ¡Neno! ¿Hoy no llevas pollo?
Me disculpo torpemente, con la promesa de volver el sábado que viene. Décadas de visitas hacen que los rostros me resulten familiares y el mío a los cada vez menos usuarios. Y regreso con la sensación de que tal vez entre los grises nubarrones de este frío y lluvioso invierno pueda surgir algún rayo de sol en forma de fragatas o de empresas que llenen de vida las calles de Ferrol.
Y llego a casa.

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