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Para subir al Cielo se necesita... salir de los tiempos de la basura. Y una escalera larga, claro.

De vez en cuando, ya lo sabéis, me pongo en plan autocomplaciente y escribo acerca de este blog. Hoy es uno de esos días en los que siento que mis contactos en las redes sociales, los comentarios y mis esporádicas intervenciones en la prensa local me hacen confirmar que este trabajo es mucho más grato de lo que a simple vista parece.
No, no se trata de ponerme a escribir acerca de lo que dije que iba a pasar y pasó, porque podría haber fallado como lo he hecho en tantas otras cosas: por eso hace poco escribí que cuando me releo (que no es habitual) me sonrojo de los juicios que he emitido por descabellados, ilusorios o incluso por lo mal documentados que están.
La suerte es que, al no deberme a nadie, puedo escribir más o menos lo que quiero y cómo quiero, sin tener a un editor encima diciéndome que modere mis aseveraciones y sin tener que seguir una línea editorial. Un ejemplo es el tema del abominable y zafio Villarejo, del que hay diarios que parecen utilizarlo como una excusa para acabar con una ministra y otros que -como me pasa a mí mismo- están espantados por lo que significa de injerencias entre los poderes, especialmente entre el judicial y el ejecutivo (que, como he dicho también muchas veces, controla al legislativo sin que los ciudadanos podamos hacer nada, o viceversa).
Pero voy más a lo doméstico, al ferrolanismo más puro y duro. Sí, porque de eso creo que sé bastante más que de política. Y por eso y porque sé que algunas de mis entradas las leen cientos de personas, creo que hay algún copiota que después de leerme se documenta y me roba la idea... ¡Cómo si no la hubiera robado yo antes! Pues claro, ya lo decía Platón: Las ideas existen desde siempre y sólo hay que sacarlas a la luz, y como mi cabeza bulle incesantemente, cuando desde la caverna veo una sombra que me llama la atención -y vuelvo a insistir que la mayoría de esos brillos tienen muñidores con nombres y apellidos- acabo dándole yo mismo forma a lo que me cuentan, aunque a veces sea sin saberlo.
Y como homenaje a todos esos anónimos a los que despojo del mérito y la gloria de expresar sobre la hoja en blanco lo que me han contado, hoy voy a lanzar una idea nueva que no he robado a nadie: Quiero una escalera monumental. Ahí queda la frase.
Sí, los escritores no tenemos sueños pequeños, y yo quiero una escalera monumental que prolongue la Calle San Diego hasta la Alameda del Carbón, aunque me cueste... ¡Diez lectores! ¡O más, así soy yo! Añoro aquellos tiempos en los que las obras públicas pretendían ser una muestra del orgullo de un pueblo, aunque no los haya vivido, porque -tengo que reconocerlo- desde que yo he vivido hasta hoy en Ferrol sólo se ha construido basura, y tengo canas para donar a los necesitados.
Podría empezar revelando que la visión me llegó una tarde invierno mientras el crepúsculo adornaba los arreboles cárdenos de un plácido y tempranero atardecer, pero sería una patraña más monumental que la escalera que propongo: Se me ocurrió y ya está, un día que tenía el coche aparcado abajo y estaba arriba, o un día que estaba abajo e iba arriba, no me acuerdo.
Esta escalera no puede construirse porque vivimos en la ciudad de las chapuzas de mal gusto, y por eso sé que nadie me va a robar la idea, pero os la cuento, que ya está bien de cloacas y estupideces políticas que a nadie benefician:
La travesía por la calle de la Iglesia es larga como una calle sin tiendas o atractivos, que es lo que viene siendo entre la Cuesta de Mella y San Julián. Bajo sus adoquines (es una metáfora) se suceden dos de los engendros más espantosos que los ferrolanos nos hemos otorgado: Los mercados provisional y permanente, que afean el conjunto de tal forma que la única manera de no vomitar es dirigiendo nuestra mirada hacia esa omnipresente silueta que tenemos de Breamo (sí, mis adorados lectores: esa montaña redonda tras Maniños es el monte de Breamo... aunque eso ya lo sabíais ¿No?). Pues bien: cuando bajas desde Herrera hacia la calle que nos ocupa, te encuentras con la opción de dirigirte hacia la Puerta del Parque y solazarte con sus armoniosas formas y entorno o doblar a la izquierda y encontrarte ese mazacote de chapa y hormigón afeado por pintadas, hierbajos y descuido en general. Pues piqueta, y punto.
Esta escalera que pretende darnos una opción "C", no sólo va servir de nexo de unión entre Irmandiños e Iglesia y va a convertirse en el lugar más fotografiado de la ciudad, sino que va a solucionarnos una serie de problemas que todos tenemos menos los de izquierdas, que no tienen coche y van andando, en bici o en transporte público. A ambos lados de la escalera (insisto en que monumental, armoniosa, bella, grandiosa e integrada en el entorno) vamos a construir el mercado de la carne y el de las verduras, y vamos a construirlos emulando al modernismo de principios del XX: De acero, madera y cristal.
Después sólo hay que tirar los mercados y urbanizar todo el entorno entre el Jofre y esta escalera, creando bolsas de aparcamiento que atraigan al centro a visitantes de otros barrios y otras urbes. Insisto en que sería preciosa, monumental, extraordinaria, mágica, bella ¿Y los mercados? Pues un trasunto de la adaptación de lo moderno y lo antiguo, de la técnica y la tradición, del pasado y del futuro... se agotan los calificativos: Ya estoy viendo el concurso público, los proyectos expuestos, la participación ciudadana, el entusiasmo general, el orgullo de pertenencia... y las quejas de los de siempre, la opacidad, el mal gusto, las peleas, las acusaciones en falso, el cutrerío, los retrasos, la falta de funcionalidad...
Mira ¿Sabéis que os digo? Que seguro que nadie me copia esta idea, porque es fabulosa y cambiaría todas las inercias de la ciudad, y aquí no somos de esos, somos más humildes y lo que de verdad queremos es que haya baches para poder decir lo malo que es tal concejal.
Y por eso os cuento mi idea: sé que esta vez nadie me la va a robar.

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