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Cabras, trigo y castaños.

Paseaba yo el otro día por la feria artesana y me encontré a un artesano (¿A quién si no me iba a encontrar en la feria artesanal?) que ofrecía muebles algo rústicos pero de un impecable acabado. ¿De qué madera son?, le pregunté, y me contestó que de la de sus castaños.
Me hizo mucha ilusión, la verdad, y le pregunté cuántas hectáreas tenía: "Poca cosa, la verdad, pero nos hemos asociado bastantes productores en régimen de cooperativa y no me puedo quejar". Me explicó el buen hombre que gracias a las ayudas públicas había dado el paso de talar los eucaliptos de la tierra que había heredado y que, con lo que obtuvo por su venta, decidió plantar todos los castaños que cupieran en el terreno; no fue problemático, porque desde la concejalía de medio ambiente le ayudaron a canalizar todas las líneas de ayuda y le dieron información clara y precisa de a quién acudir para comenzar con su idea.
Al principio, los primeros años, la cosa fue muy lenta: Los castaños crecían muy despacio y apenas servían para distraerse de vez en cuando. Un día un vecino le pidió que si le dejaba meter sus cabras en el terreno, y tras proteger los arboles para evitar destrozos, le dio permiso. Tras quedar ambos más que satisfechos del resultado, decidieron entre ambos que lo repetirían todos los años. Al poco a las cabras se le unieron vacas cachenas y ovejas, que hoy en día siguen paciendo por las tierras de este artesano y por otras similares. Antes de irme me ofreció marrón glasé y otras conservas de castaña hechas por él y su mujer. Le compré, más que nada por agradecerle la charla, y antes de irme me advirtió que su vecino el de las cabras tenía su puesto algo más adelante.
Al poco encontré un puesto con diferentes quesos y otros productos lácteos. Me acerqué a comprobar si era el vecino del fabricante de muebles, me contestó que sí. "¿Y lleva mucho con esto del queso?", aventuré, "pues unos años ya... desde que empezaron a pedirme que metiera las cabras a limpiar las fincas ya decidí empezar a ordeñar. Gracias al ayuntamiento, que me asesoraron, en seguida supe lo que tenía que hacer. El problema es que nadie quiere leche de cabra, y por eso empecé a hacer queso. Luego compré las vacas porque me salía muy ácido, y al final me aconsejaron que metiera un poco de oveja también. Ahora ya trabajamos toda la familia y hasta tenemos empleados". Me llevé un queso mezcla y seguí con mi recorrido.
Algo más adelante encontré a unos jóvenes ofreciendo cerveza artesana de verdad. Les pregunté a qué se referían con lo de que era de verdad, y me contaron que ellos tenían cervezas de trigo, de maíz y de cebada malteadas por ellos y compradas en la zona, y que el lúpulo que usaban también era plantado allí. Me llevé una botella de cada y me fijé en lo bonitas que eran. "Son de Paco, hace la cerámica él mismo, está al lado de los que hacen el vino".
La mañana se fue complicando porque casi todo lo que allí había tenía alguna relación con otro puesto: Carnes cocinadas con restos de las podas, toneles de vino de roble local, vino hecho con uvas branco lexítimo abonado tras el ramoneo de las ovejas, queso hecho con la leche de esas mismas ovejas, productos elaborados con lana local, cerámicas, lino, cebada, panes, empanadas, productos de la huerta, miel... no pude más que maravillarme de la cantidad existente de alimentos, muebles, ropa y otros objetos hechos con lana, madera, lino o paja obtenida de todos esos productores locales que gracias a espacios en los que compartir sus ideas, unas modestas líneas de ayuda y asesoramiento por parte de las administraciones habían logrado sacar partido a terrenos antes improductivos.
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No, claro que en Ferrol no existe tal cosa... y ni siquiera está cerca de existir, pero tal vez si algún día empezamos a dejar de creer que el decimonónico chambón ambulante de Irmandiños aporta algo a la ciudad y apostamos (como han hecho en tantos otros sitios) por programar una feria artesana de calidad, los pequeños productores locales puedan seguir el camino que han seguido en tantos otros sitios y nuestro paisaje se transforme definitivamente en algo ordenado y productivo que no expulse a nadie sino que lo atraiga.
Sí, ya lo sé: Los ferrolanos hacemos barcos, pero ¿Y si probáramos a hacerlos de madera, para empezar?

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